Mensaje Pascual del Hno. Animador General
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“Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”. (Jn 20, 8)
El acontecimiento de la resurrección de Jesús no es un episodio histórico relegado a un pasado remoto, como tantos otros que estudiamos en los libros de historia. Lo comprendemos como un acontecimiento que actualizamos como memoria viva. La Iglesia nos enseña a hacer presente la Resurrección cada año en el domingo de Pascua y cada día en la celebración eucarística. En estas celebraciones se cumple plenamente la promesa del Señor resucitado: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt. 28,20). Por eso, el misterio pascual es el eje de la vida cristiana, el centro sobre el que todo lo demás encuentra su sentido.
El anuncio de la resurrección es para los cristianos la noticia más decisiva, alegre y conmovedora que jamás haya resonado en la historia. La resurrección de Cristo es el acontecimiento que transformó la historia desde dentro. Es la buena noticia por excelencia que testifica la victoria del amor sobre el pecado y de la vida sobre la muerte, y que es capaz de colmar la profunda sed de sentido que inquieta la mente y el corazón del ser humano.
El acontecimiento de la Resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que forma parte del camino hacia la vida eterna. Así, vida y muerte, no son opuestos sino que se complementan, porque la muerte nos abre la puerta a una vida nueva. Por eso afirmamos que la muerte de Jesus es salvadora porque asume nuestra condición mortal y la llena de sentido nuevo. Allí donde el ser humano experimenta el límite, Dios hace brotar plenitud. En Cristo, la muerte deja de ser un final para convertirse en un umbral, un tránsito que Dios mismo ha recorrido para que nadie lo atraviese en soledad, “para que así como Cristo resucitó, también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6, 5).
Se rasgó el velo del Templo de Jerusalén
En el momento de la muerte de Jesús en la cruz, los evangelistas sinópticos narran que “el velo sagrado del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mt. 27,51).
En el Templo de Jerusalén existían dos velos. El segundo de ellos era el más significativo. Medía unos veinte metros de alto, diez de ancho y unos diez centímetros de grosor, tejido con materiales preciosos. Este velo separaba el resto del templo del lugar santísimo, donde residía la Shekiná, la presencia divina, el espacio más sagrado del judaísmo. Sólo el sumo sacerdote podía atravesarlo una vez al año para ofrecer la sangre de los sacrificios en expiación por los pecados del pueblo. La rasgadura de este velo en el momento de la muerte de Jesús se convierte en un signo teológico decisivo porque anuncia un tiempo nuevo en el que la separación entre Dios y la humanidad ha sido derribada.
Cuando aquel velo se rasgó, desapareció para siempre la barrera que separaba el hombre de Dios. Ya no es necesario un sacerdote terrenal que interceda por nosotros porque el Hijo de Dios y su sangre se convierte en mediador eterno. Desde ese instante, la presencia de Dios dejó de estar confinada a un templo construido por manos humanas y pasó a habitar en todo aquel que cree.
La Pascua de Jesús hace posible el encuentro con Dios en las realidades que vivimos. Él nos invita a encontrarnos con el Padre allí donde se desarrolla nuestra vida “Cuando vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre. Y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo recompensará” (Mt. 6,6). Así, el hogar, el lugar de trabajo o la naturaleza se convierten en nuevos templos donde nos encontramos con Dios que es amor y donde podemos “adorarlo en espíritu y verdad” (Jn. 4,24). Surge entonces una pregunta: ¿somos capaces de ver a Dios en el entramado de nuestra vida ordinaria?
Jesús: el Viviente, Señor de la vida
La primera en ver a Jesús resucitado fue María Magdalena, quien se convirtió en la primera testigo. Sobre ella pesaba un pasado de mala fama, pero Jesús la liberó de sus ataduras y ella respondió con gratitud. Su amor y lealtad la sostuvieron fiel durante la pasión y muerte de Jesús, mientras otros se alejaron. El hecho de ser mujer jugaba en su contra, pues en aquel tiempo las mujeres carecían de credibilidad y no podían participar como testigos en los juicios. Sabemos que al tercer día fue a honrar al maestro según los costumbres funerarias y en ese gesto fue donde Jesús la eligió para llevar la noticia a los discípulos, convirtiéndola en su mensajera. La grandeza de seguir a Jesús y de creer en Él se revela en la perseverancia que no se rinde ante las caídas y que mantiene el corazón abierto.
Cuando Dios nació en Belén, los primeros en recibir la noticia fueron unos pastores; y cuando resucitó, las primeras en escuchar la buena noticia fueron unas mujeres. Ambos grupos eran considerados insignificantes en aquella sociedad, pero Dios no se fija en la condición social ni en el pasado, sino en el corazón. Él confía sus mayores misterios y sus dones a personas que el mundo suele ignorar, como lo constatamos en tantos santos a lo largo de la historia.
Uno de los títulos con que se reconoce a Jesús resucitado es el de Viviente. Así se revela a san Juan en el Apocalipsis: “No temas. Yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ahora vivo para siempre” (Ap. 1,17-18). Estas palabras, dirigidas a una Iglesia perseguida, son la autopresentación de Cristo resucitado en un momento de crisis espiritual y comunitaria. Jesús se manifiesta con un nombre propio de Dios, afirmando su identidad divina: Señor de la historia (“Primero y Último”) y Señor de la vida (“el Viviente”), aquel que murió y ahora vive para siempre. Así lo canta la Secuencia el día de Pascua: “Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. Una victoria que no pasa y nos sostiene en las pruebas.
El ser humano recibe la vida como un don: no la pide ni la elige, nos es ofrecida. El cómico italiano Roberto Benigni afirma que “las cosas importantes no se enseñan ni se aprenden, se encuentran”. Así ocurre con la existencia, la encontramos, es un don de amor, pero necesita ser acogida y orientada hacia un sentido. Y ahí están las preguntas de siempre: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? Jesús resucitado no da una respuesta “desde lo alto”, sino que se hace nuestro compañero de camino, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6).
Vivir necesita un sentido y una esperanza. Es lo que nos sostiene en las dificultades y nos impulsan a seguir, recordándonos que la existencia conduce a casa, a un nuevo hogar. Cristo resucitado ha atravesado la muerte y nos ha abierto la morada donde somos esperados. Su Pascua nos permite anticipar, incluso en medio de pruebas y sufrimientos, la plenitud de la vida que nos aguarda más allá de la muerte. Surge entonces la pregunta: ¿acogemos la vida como un don de amor que culmina en la casa del padre?
La paz sea con vosotros
La resurrección de Cristo nos impulsa a vivir con un estilo nuevo, marcado por la libertad interior, la capacidad de amar y la paz. Quien se deja transformar por la Pascua aprende a mirar la realidad con ojos renovados y a descubrir en cada situación una oportunidad de vida. La fuerza del Resucitado sostiene una esperanza activa que anima a vivir con confianza, Así, la vida cotidiana se convierte en un testimonio humilde pero firme de que la vida nueva ya ha comenzado.
El saludo de Cristo resucitado a los discípulos fue “La paz esté con vosotros” (Jn. 20,19). La paz es la suma de todos los bienes de Dios, un don que desciende de lo Alto. Pero es tambie n un don dinamico, que necesita ser acogido y cultivado cada día. No se trata de una fórmula de cortesía, sino del anuncio firme de la victoria de Cristo sobre la muerte porque su vida indica la fuente auténtica de la paz.
Nuestras Constituciones nos recuerdan que los dones pascuales son la alegría y paz. El mundo actual necesita de testigos de esperanza, de promotores de vida y de constructores paz. Confiemos en la fuerza de Cristo y llevemos esta esperanza allí donde falta, a quienes la han perdido. Seamos constructores de paz con nuestras palabras y nuestras obras.
H. Francisco Javier Hernando de Frutos
Animador General